El juego suicida por excelencia consiste en despojar un revólver de todas sus balas menos una, dar vuelta al tambor, cerrarlo y ¡Bang!

¿Quién no ha oído hablar de la demencial ruleta rusa? El juego suicida por excelencia, consiste en despojar un revólver de todas menos una de sus balas, dar vuelta al tambor al azar y luego cerrarlo sin tener idea de dónde ha quedado la munición.

Después cada jugador deberá apoyar el arma sobre su sien y presionar el gatillo, para probar su suerte: si el tambor está vacío, se pasa el arma al siguiente participante y así sucesivamente… hasta dar con la única bala cargada. A menudo se propone en películas y relatos como un método de duelo mediante el cual solventar una disputa respecto a un botín o al amor de una mujer: quien sobreviva se lo queda todo.

No es de Rusia, ni con amor

Al contrario de lo que su nombre sugiere, este juego siniestro no proviene de territorios eslavos, sino de un relato corto del escritor estadounidense George Surdez que apareció, precisamente bajo el título de “Ruleta rusa”, en la revista de periodismo de investigación Collier’s Magazine, en 1937.

En este relato se cuenta cómo los oficiales rusos de la época zarista, caídos en desgracia y perdido el prestigio, dinero y la familia, se sometían a la infame ruleta en donde se encontraran, como una forma de lidiar con sus poquísimas razones para vivir.

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“La probabilidad de que el arma se disparara y que la persona muriera en el acto era de una sobre seis”, afirma el personaje que refiere la anécdota, “A veces sucedía, otras no”.

No está claro si se trata de un hecho histórico o de mera invención. No hay documentación que sustente la existencia real de este juego suicida, pero sí detalles incongruentes en el relato, como el hecho de que en la época zarista los oficiales usaran revólveres Nagant M1895, con espacio en el tambor para siete proyectiles, y no los clásicos americanos con espacio para seis.

La ruleta rusa en la lengua coloquial

Más allá de la anécdota de su origen, la ruleta supuestamente rusa tiene su lugar en nuestro imaginario y en nuestra lengua cotidiana, como expresión que denota un comportamiento autodestructivo, una apuesta casi imposible de ganar o cuyos riesgos son demasiado altos, en comparación con el botín. No son pocas las alusiones al juego en pelis, videojuegos, canciones y en obras literarias, siempre como un símbolo de lo impredecible de la muerte.

Eduardo Rada
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