Muchos viven con el miedo de que llegue el día en que no les quede más remedio que enfrentarse a una situación en la que haya agujas por medio.

Sea cual sea el motivo de su miedo, hay algo que estas personas quizás no saben, y es que el ingenio humano ha sido capaz de transformar tanto las agujas o jeringuillas, que hoy en día una inyección no tiene nada que ver con lo era en sus orígenes. No hay nada como ponerse en el lugar de nuestros antepasados para descubrir que la grima que sentimos por las agujas está totalmente de más.
Desde la antigüedad muchas mentes reflexionaban sobre cómo introducir sustancias en el interior del organismo a través de la piel, directamente en algún músculo del cuerpo o en la sangre.

El primer paso – la aguja prehistórica

El primer antecedente de una aguja se remonta al siglo IX, donde un cirujano de Egipto llamado Ammar Ali al-Mawsili prácticamente inventó la primera jeringa, utilizando un tubo de vidrio hueco en el cual aplicaba succión con el único objetivo de remover las cataratas de los ojos de un paciente. Esta práctica se seguiría utilizando durante cientos de años después.
A finales del siglo XV los griegos se las ingeniaron creando un objeto llamado lavativa, el cual tenía un objetivo bastante parecido.
Pero los primeros intentos de utilizar algo parecido a una jeringuilla fueron durante el siglo XVII cuando se buscó la manera de inocular medicamentos analgésicos justo en el lugar donde la persona o paciente sentía dolor. Un famoso arquitecto y científico llamado Christopher Wren comenzó a imaginarse el diseño de la aguja hipodérmica cuando se encontraba en un hospital donde, por su situación, no podía ingerir alimentos.

La idea toma forma

Wren estudió rigurosamente los trabajos de investigación hechos por el famoso anatomista Andrés Vesalius, quien es considerado el padre de la anatomía moderna, y una vez que Wren tenía los conocimientos necesarios pudo llegar a la conclusión de que los alimentos que eran absorbidos en el tracto digestivo llegaban a todo el cuerpo a través de la sangre, por ende, si se disponía de una sustancia que cumpliera el mismo objetivo y se colocaba en un vaso sanguíneo, rápidamente se podría obtener el mismo efecto que al ingerir alimentos.
Ya teniendo el concepto más claro, se le ocurrió utilizar una pluma de ave biselada en un extremo y en el lado opuesto colocó una vejiga de un mamífero pequeño lo que resultó el equivalente de la jeringa rudimentaria.
Luego, a mediados de 1940, los doctores Taylor y Washington de Nueva York presentaron al mundo por primera vez una manera de introducir una solución de morfina en el cuerpo mediante la jeringa de Anel, la cual fue la predecesora de la aguja actual.

Agujas desechables

El tan anhelado objetivo se logró definitivamente cuando a mediados del siglo XIX, el doctor Alexander Wood en el Reino Unido, experimentó con un aguja hueca para la administración de fármacos en el torrente sanguíneo, con la única diferencia de que se le ocurrió poner un punto cortante en la extremidad de la jeringa para introducirla debajo de la piel sin tener que hacer una incisión para aplicar el fármaco, que era la manera habitual hasta ese momento. Sin embargo no ideó una manera de dosificar los fármacos en la jeringa.
No fue hasta que el cirujano francés Charles Pravaz de Lyon, diseñara una jeringa hipodérmica en la que la dosificación se conseguía dando vueltas a un eje.
Con el tiempo el tamaño y la practicidad de la aguja fue cambiando hasta un punto en el que la jeringa se convirtió en un utensilio desechable y fue cuando se industrializó dejando así en el pasado muchas dificultades para aplicar transfusiones de sangre e inyecciones de fármacos.

Eduardo Rada
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